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La
primera impresión de sus obras se efectuó sorprendentemente tarde, en
1618.
Escribió comentarios a sus poemas por razones pastorales. Sin embargo,
Juan de la Cruz pensaba que su lírica podía y debía actuar por sí misma.
“Por haberse, dice en el Prólogo de su Cántico espiritual, pues, estas
canciones compuesto en amor de abundante inteligencia mística, no se
podrán declarar al justo, ni mi intento será tal, sino sólo dar alguna
luz general [...]; y esto tengo por mejor, porque los dichos de amor
(los poemas) es mejor dejarlos en su anchura, para que cada uno de ellos
se aproveche según su modo y caudal de espíritu, que abreviarlos a un
sentido a que no se acomode todo paladar. Y así, aunque en alguna manera
se declaran, no hay para qué atarse a la declaración; porque la
sabiduría mística (la cual es por amor, de que las presentes canciones
tratan) no ha menester distintamente entenderse para hacer efecto de
amor y afición en el alma, porque es a modo de la fe, en la cual amamos
a Dios sin entenderle” (Cántico, prólogo 2).
Le parece incluso que el lenguaje simbólico es más apropiado que la
prosa de inspiración teológica para trasmitir todo el alcance y la
riqueza humana del espíritu de amor, ya en sí mismo tan fecundo. Los
comentarios son ante todo obras mistagógicas, compuestas para personas
que buscan una forma de vida interior. Juan de la Cruz estaba
especialmente cualificado para ser maestro de mística. Su propio tesoro
de experiencias espirituales podía fundamentarlo con sólidos
conocimientos teológicos. Y nos lo propone para provocar en nosotros la
reviviscencia o el reverdecer de la propia gracia:
“También, ¡oh Dios y deleite mío!, en estos dichos de luz y amor de ti
se quiso mi alma emplear por amor de ti, porque ya que yo, teniendo la
lengua de ellos, no tengo la obra y virtud de ellos […] otras personas,
provocadas por ellos, por ventura aprovechen en tu servicio y amor,”
(Dichos, prólogo 1)
Los tres poemas mayores giran en torno al tema del anhelo de amor
místico figurado y escenificado en un marco de idilios pastoriles. Está
radicalmente inspirados en el uso alegórico del Cantar de los Cantares y
poetizados en formas de la corriente y atmósfera garcilasiana. Este vivo
deseo por satisfacer las ansias del apasionado amor místico es la pauta
para interpretar la vida cristiana y espiritual como vida teologal. Esos
tres poemas bastaron para hacer de Juan de la Cruz un clásico de la
literatura española.
Así como los poemas líricos se completan entre sí armónicamente, así lo
hacen también los cuatro tratados. Contienen en sí todo un sistema de
teología mística. Desarrollan una doctrina en cuyo centro se halla el
camino de la unión con Dios por Cristo. Este camino se explica como un
proceso de purificación de todo lo humano (sentido y espíritu;
entendimiento, memoria y voluntad) mediante el ejercicio activo y el
influjo pasivo de las tres virtudes teologales (fe, esperanza y
caridad). Así, la Subida del Monte Carmelo trata de la purificación
activa o educación teologal del hombre; mientras que el tema principal
de La noche oscura es la purificación pasiva e iluminación por medio de
la contemplación amorosa. Con el símbolo de la “noche” no se alude solo
a la oscuridad del pecado o de la duda y la ausencia y silencio de Dios,
sino al estado del alma puesta por Dios en contemplación después de
superar los apegos de la voluntad y de renunciar a las imágenes y a las
mociones de la mente en el camino de unión con Dios. Los otros dos
tratados hablan de la unión de amor con Cristo y su consecuente
transformación. Pone él mismo este símil: Así como la madera, cuando
arde con el fuego, se trasforma en ardor y luz, así también el alma
purificada y “vacía” es elevada en la “unión” a “vida de Dios en Dios” y
en el fuego llameante del Espíritu (Llama de amor viva) se diviniza por
medio del amor sustancial. El matrimonio espiritual, culmen del camino
de unión como se dice en el Cántico, “consiste en una transformación
total del alma en el Amado”. El Dios Trino y Uno se glorifica en el
alma, y ésta goza, en la unión, de un reflejo de la Divinidad.
En las temperaturas bajo cero de la noche oscura y en las altas esferas
de fuego de la Llama de amor viva, san Juan de la Cruz ha observado la
acción de Dios en la vida del hombre. Historia de amor y de deseo
apasionado que lleva a ambos a buscarse y fundirse. Bajo los símbolos
nupciales se interpreta toda la historia de salvación y todo el camino
del hombre hacia Dios como camino y aventura de amor.
Gabriel Castro, ocd
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